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8 de mayo de 2013

Aracnofobia (o cómo hacer enojar a una were) (Kramer)



“Al fin en paz”, me dije mientras abría la ducha para que el calor del agua comenzara a calentar el cuarto de baño. Necesitaba un baño con suma urgencia. No sólo me dolía todo el puto cuerpo, sino que también apestaba.
Me quité mi camiseta rota, los jeans manchados y busqué la rasuradora que había comprado el otro día. Mi barba de dos días ya parecía de una semana después de dormir un día entero en el sofá de mis vecinas. Un segundo después advertí que me había olvidado de comprar también espuma de afeitar, así que tendría que improvisar con el jabón.
Lo único que deseaba esa noche era afeitarme, bañarme y sentarme tranquilo a escribir el maldito informe para los Grigori de una puñetera vez. ¿Tenía que decirles lo de Bell y Savannah? No estaba seguro. Hasta no saber más de ellas, no podía exponerlas de ese modo.
A decir verdad, las quería sólo para mí. Lo mejor sería escribir un informe sobre ellas para mi uso personal. Tenía que ganarme su confianza y en las últimas veinticuatro horas había avanzado bastante en ese terreno. Bueno, ellas me habían salvado la vida a mí, ¿no? Cuando yo intenté salvarlas a ellas y los papeles se invirtieron por culpa de una jodida bala de sal. 
Bonita cicatriz la que obtuve. Aunque tengo que admitir que Bell hizo un muy buen trabajo al curarme.  

Rocé esa marca en mi hombro, la cual iba a tener que acostumbrarme a ver allí, y me miré al espejo que comenzaba a empañarse. Lo limpié con mi mano y pasé el jabón por mi rostro hasta formar espuma. Y estaba a punto de pasar la rasuradora cuando sentí una presencia cerca. Tras eso, alguien llamó a la puerta.
Scheisse…
Me acerqué despacio a la entrada para percibir mejor a mi visitante. No tuve que espiar por la mirilla para descubrir que era Savannah —o “Savy”, como la llama Bell—, sus emociones la delataban. Ella es… ¿Cómo decirlo…? Humm… ¿Intensa? Sí, creo que esa es la palabra correcta. Tanto ella como Bell emanan una energía de lo más peculiar y exquisita.
¿Por qué estaba en mi puerta ahora? No tenía idea, pero no iba a esperar para saberlo.
Regresé al baño y me enrollé el toallón en la cintura. Llevaba puestos mis boxers, pero supuse que recibirla en ropa interior no sería buena idea si estaba en plan de “seamos amigos y matemos cazadores juntos”.
Cuando abrí la puerta, sus ojos se agradaron como platos al verme en mi estado pre-baño.
“Me tuviste un día entero sin camiseta y agonizando en tu sofá, ¿y te sorprendes de verme así?”, pensé, pero preferí ser más sutil.
—Déjame adivinar, necesitas una taza de azúcar —reí, aunque a ella no le causó mucha gracia.
—Creo que estoy interrumpiendo algo. Mejor me voy —me lanzó con mala cara y atinó a darse la vuelta.
—Sí, estaba a punto de afeitarme —la detuve—, pero puedes pasar y tomar el azúcar tú misma. Aunque no creo que la necesites, ya eres toda una dulzura… Mmm… —añadí casi relamiéndome.
 Ella se cruzó de brazos y me clavó una de esas miradas gélidas que lo petrifican a uno. Tiene unos ojos hermosos, incluso cuando se enoja. Unos segundos después, aflojó su cuerpo y sus ojos vagaron por todos lados, evitando mirarme a mí.
—Iba a pedirte… —murmuró—. Me preguntaba si… —pero parecía no encontrar las palabras en su mente.
—¿Si qué?
Volvió a tensarse y me miró fijamente. ¿Qué demonios le sucedía? Me estaba poniendo nervioso.
—No, olvídalo. Me las arreglaré sola —dijo y otra vez se giró.
—¡Oye, espera un momento! —le exclamé—. Vienes hasta mi puerta, interrumpes mi ducha, me lanzas tus miradas de puñal, ¿y luego te vas? ¿Qué te sucede?
—Es que… Bueno… —titubeó y tomó aire.
—¿Qué?
—Hay una araña en mi dormitorio —dijo finalmente y sentí en ella un repentino terror.
—Una… ¿araña? —repetí alzando una ceja.
—Sí, es negra, grande y muy asquerosa.
—¿Y qué? ¿Quieres adoptarla? Podrías llamarla “Blacky”.
—No, idiota. ¡Odio las arañas! —confesó enojada—. Y me preguntaba si…
—Si…
—Si podrías ayudarme a matarla.
¡Al fin lo dijo! Y vaya que le costó trabajo.
Otro dato para añadir en mi informe: a la joven were no sólo le cuesta admitir sus debilidades (arañas, entre éstas), sino también pedir ayuda.
Me quedé mudo unos segundos, hasta que la risa me llegó de repente.
—Es una broma, ¿cierto? —murmuré, conteniéndome, y a Savy no le cayó nada bien—. Digo… Tú y la pelirroja pueden cargarse a un ejército de cazadores, ¿pero no pueden con una simple araña?
—Bell no está y ya te dije que odio las arañas. Les tengo fobia.
Sonreí, me crucé de brazos y me incliné sobre el marco de la puerta de un modo bastante arrogante, lo asumo.
—¿Y yo soy el último recurso?
—Eres el ÚNICO recurso, me temo —puntualizó e imitó mi posición.
—Vaya… Qué halagador.
Intercambiamos miradas bastante suspicaces y desafiantes. Yo no le caía muy bien que digamos, pero estaba empecinado en hacer lo posible por cambiar eso, aunque mis continuas bromas y coqueteos no ayudaban mucho.
—¿Vas a ayudarme o no? —me preguntó luego.
—Depende, ¿qué me darás a cambio?
Su rostro cambió repentinamente. Fue como si una ira devastadora la invadiera, pero después su boca se torció en una leve risa algo perversa, la cual me resultó de lo más sexy.
—Humm… No sé —susurró y se movió un paso hacia a mí—. Estaba pensando que… —continuó con una voz muy suave, acercándose más, hasta dejarme sentir su calor sobre mi torso desnudo—. ¡Que te salvamos la vida la otra noche, cerdo arrogante! —Y me dio un empujón bastante fuerte—. Estás en deuda con nosotras.
Reí y me ajusté el toallón en mi cintura que, por el brusco movimiento, se había aflojado.
—Cierto, pero este sería un favor sólo para ti —aclaré—. Además, si mal no recuerdo, tú querías tirarme desnudo a la calle, y cuando me liberé de las sogas, estuvieron a punto de cortarme en pedazos.
—Somos precavidas.
¡Y perversas! Ese era otro dato que no podía faltar en mi informe.
—No las culpo, pero incluso habiendo arriesgado mi propia vida por ustedes, me costó mucho convencerlas de que estoy de su lado.
—Vale, y ya lo hiciste. Así que, ¿vas a ayudarme o no?
—De acuerdo. —Me giré hacia la mesa del comedor para tomar las llaves y caminé hacia el elevador—. Vamos, hagamos esto rápido. Dejé la ducha abierta —añadí impaciente. Quería hacer mi buena acción del día (o la noche), pero ella se había quedado allí dura, mirándome confundida.
—¿No vas a vestirte? —inquirió.
—No necesito un traje de exterminador. Además el edifico está vacío, nadie va a denunciarme por exhibicionista.
—Estás descalzo.
—He sobrevivido en peores terrenos con mucha menos ropa.
—Y tienes jabón en el rostro —añadió señalando lo evidente con su dedo índice.
Tomé el toallón que cubría mis caderas y piernas para limpiarme la cara y volví a enrollármelo en la cintura.
—¿Contenta? —dije, pero Savy había clavado la vista al techo, luchando contra el sonrojo de sus mejillas y su pulso repentinamente acelerado.
La había puesto nerviosa, podía sentirlo. Creyó que estaría desnudo bajo el toallón, ¡ja! Bueno, no era que me faltaran deseos de eso, pero intentaba mantener algo de decencia.
Subimos al elevador y ella se ancló a un rincón de éste, lo más lejos posible de mí, luego de presionar el botón. La examiné de arriba abajo y, la viera por donde la viera, se veía no sólo hermosa, también ardiente. Esa camiseta ceñida que llevaba no hacía más que enfatizar sus atributos. Se me ocurrió una docena de cosas que hacerle en ese preciso momento y lugar, lástima que el trayecto fuera tan breve, y si quería hacer buena letra con ellas, tenía que mantener mis obscenos pensamientos lejos de mi cabeza y de mi entrepierna.
Apenas el elevador se detuvo y la puerta se abrió, Savannah salió disparada como un rayo. Ese sentimiento ambivalente en ella me desconcertaba. Por momentos podía percibir un regocijo delicioso cuando estaba cerca suyo que luego se convertía en un sentimiento de alarma y rechazo. Tenía emociones muy encontradas hacia mí y eso me resultaba interesante. 
Entramos al piso y me guió directo a la habitación, donde mi atención fue acaparada por la enorme cama de sábanas negras. No una docena, sino un centenar de lujuriosas ideas desfilaron por mi cabeza.
“No pienses en eso, no pienses en eso…”, repitió mi voz interior.
Eché un vistazo alrededor, buscando a la famosa araña que había comenzado todo esto, pero no vi nada.
—Estaba aquí hace un momento —dijo ella señalando la pared de la cabecera.
—Pues parece que se fue.
—Debe andar por algún lado.
—Tal vez se metió dentro de la cama —dije yo, levantando las almohadas.
—¡¿Qué?! ¡No, por Dios! ¡Fíjate! —exclamó espantada, sacudiendo las manos.
Alcé el cubrecama y las sábanas y claro que no había anda, pero si hay algo que me gusta hacer es volverlo todo más dramático.
—No, no está aquí —le aseguré y clavé mi mirada petrificada en ella—. Oh-oh.
—¿Qué? ¿“Oh-oh”? ¿Qué es eso, qué sucede? —se inquietó.
—Savannah… espera. —Entorné los ojos y di un pausado y medido paso hacia ella.
—¿Qué?
—Shhh… Quédate quieta —susurré.
—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—No… te… muevas…
Me acerqué a ella casi en cámara lenta, manteniendo mis ojos fijos en su cabeza, lo cual era algo bastante difícil considerando la enorme talla de su sostén.
—No… —retrocedió despacio—. ¿Qué tengo? No me digas que…
—Sí, está en tu cabeza. Espera.
—¡¡¡NOOOO!!! —gritó revolviéndose los cabellos con ambas manos, chillando y dando saltos mientras corría de un lado al otro del dormitorio.
—¡Te dije que esperaras!
La sujeté de los brazos con ambas manos y la empujé contra el armario. Nuestros cuerpos colisionaron y pude sentir que su corazón luchaba por escapar de su pecho cuando advirtió que mi rostro estaba casi pegado al suyo, tanto que creo haber pinchado su mentón con mi crecido y desaliñado vello facial.
—Tranquila… —murmuré sobre sus labios y ella puso los ojos grandes y redondos como dos lunas a la vez que contenía el aire.
Medí a mi pequeña presa sobre sus cabellos y abrí y cerré mi mano velozmente para atraparla.
—La tengo —Le sonreí y recibí su respiración aliviada sobre mí, el calor acumulado de su piel, el perfume de su cabello revuelto y… Joder, que me estaba gustando demasiado.
Me alejé un paso y abrí mi mano ante nuestras expectantes miradas para descubrir los restos de la culpable de tanta histeria.
—¡Ups! Lo siento —reí—, era una pelusa.
Sus ojos chispearon bajo el profundo surco de explosivo enfado de su frente.
—¡Maldito embustero! —gritó y me dio un fuerte golpe, haciéndome caer de espaldas sobre el colchón.
Reí de modo perverso (¿alguna vez lo hago de otro modo?) y apoyé mis codos para inclinarme hacia adelante. Sí, lo sé, a veces me comporto como un verdadero cabrón, pero es que esas pequeñas maldades (como idear que una araña se haya metido en su cama o simular que la tiene en la cabeza) me resultan de lo más divertidas. No puedo evitarlo.
—Querida Savy, si quieres tenerme en tu cama, no tienes que molestarte en inventar historias de arañas, ¿sabes?
—¡Sal de aquí ya mismo, cerdo arrogante y pervertido! —me ordenó enfadada, señalando la puerta.
—¡Oye! Acabo de salvarte de una horrible y mortífera pelusa. ¿No vas a agradecérmelo?
—¡VETE! —chilló apretando los puños. Realmente se había enfadado mucho.
—Ya, de acuerdo. Me voy. —Me incorporé, alzando las manos en son de paz, y salí del dormitorio, pero apenas di unos pasos, escuché su grito de terror.
—¡Ahí está! —exclamó y corrió hacia la sala, pasando junto a mí como si hubiera visto un fantasma.
—¿Dónde?
—Allí, sobre la mesita de luz —señaló aterrada desde el corredor.
Bufé y regresé a la habitación. Me acerqué a la mesita, donde había un libro (“El libro de Jade” de Lena Valenti, más precisamente), y junto a éste, la bendita araña.
—¿Esta es la supuesta araña “negra, grande y asquerosa”?
—¡Sí! ¡Mátala!
¡Era más pequeña que un microbio! ¿Tanto escándalo por algo que debería tener más miedo de Savy que Savy de ella?
Me sentí estafado.
—Dame tu zapato —dije estirando mi brazo sin perder de vista al bicho, ¡porque realmente era insignificante!
—Mátala rápido antes de que se escape otra vez.
—Por eso te digo que me des tu zapato.
—¡Hazlo ya, maldición!
Tomé el pesado libro que allí descansaba y la aplasté con un breve pero certero golpe.
—¡No! —gritó ella—. ¡Mi libro! —Entró corriendo de nuevo, directa hacia la mesita de luz—. La aplastaste… con… mi… libro…
—No quisiste darme tu zapato. —Me encogí de hombros.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y su boca tembló cuando sostuvo su preciado tesoro literario y observó la pequeña pero pegajosa mancha en la bonita portada de tapa dura laminada.
—Arruinaste mi libro —repitió con voz devastada. Y de un casi llanto pasó a una completa ira, fulminándome con esos ojos de felina y vampiresa ofendida, todo en una—. ¡¿Acaso no puedes matar un simple insecto como un hombre normal?! —rugió como un volcán a punto de entrar en erupción.
—No, porque yo no tengo nada de hombre “normal” —declaré—. ¿Quieres ver? —Le guiñé un ojo y atiné a quitarme el toallón de la cintura.
—¡Grrr! ¡¡¡ERES ODIOSO!!! —gruñó con fiereza, explotando finalmente y, aferrando el libro con ambas manos, comenzó a golpearme con él, sacándome de la habitación a librazos en la cabeza, hombros, cintura y por donde pudiera.  
—¡Y tú eres una ingrata! —espeté, tratando de evadir sus veloces movimientos y retrocediendo hacia la sala.
—¡Sal de aquí ahora mismo, maldito demonio bueno para nada!
—SEMI demonio.
—¡Lo que sea! ¡VETE! —y me arrojó el libro por la cabeza.
Pero yo fui lo suficientemente ágil y rápido para agacharme a tiempo y esquivarlo. Lo que no contemplé (y ella tampoco) fue que Bell acababa de entrar y estaba detrás de mí, justo para ser recibida con un cálido librazo en la nariz.
—¡Ouch! ¡Maldición! —chilló y sujetó su nariz con ambas manos—. ¿Qué está sucediendo? —Sus ojos saltaron de sus órbitas cuando notó mi presencia en ropa interior, pues por tanto movimiento violento, mi toallón se había caído—. ¿Kramer? ¡¿Qué demonios haces tú aquí?!
—Bueno… Tu hermanita y yo estábamos a punto de…
—¡Cállate! —interrumpió Savy—. ¡Ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra! —Tomó el objeto más cercano a su disposición, el control remoto del televisor, y me lo arrojó encima, sólo que en lugar de evadirlo, esta vez yo lo detuve con mi mano como hacen en las pelis.
—Intenta de nuevo —le sonreí y le regresé el contundente objeto.
—¡Grrr! ¡Te odio! —gruñó y dio media vuelta para encerrarse en el dormitorio.
Miré a Bell. Tenía sangre en su nariz y un resplandor asesino en los ojos, como si contuviera un fuerte deseo por descuartizarme.
—Mejor me voy. —Tragué saliva—. Humm… Dejé la ducha abierta —y me largué de allí antes de ser testigo de la ira were.


10 personas no pudieron evitar espiarnos y decir::

Neiglo dijo...

ajajjajajaj kramer, no pude para de reir jaajjaja
esta genial!!!!!!!!!

Bell Skade dijo...

Y ahora hasta golpes recibo en mi casa JUM, me vengare!!!!!!

Lily acevedo dijo...

hay dios mio me ENCANTO! dios q cosa genial, vamos bell te toca no? rápido....

¿kramer? como dañas un libro de lena así? yo boy por el de ardan mujajaja te gane savy...
kramer! uno no juega con las fobias ajenas!
que nefi tan perverso...

Marifer dijo...

¡Eso! Lily tiene razón! No se juega con las fobias ajenas! o_ó ¡Muy feo, sívamet! xD

¡Genial la escena! :D Pero eso ya lo sabías ;)

Leny dijo...

Estoy esperaaaaaaaaaaandoooooooooooooooooo.......

Bell Skade dijo...

Deje su mensaje despues del tono, uno de nuestros asesores se comunicara mas tarde. Tutututututututututututtutututututu.
:p

Leny dijo...

Me estas diciendo que espere en la lililililiiilililililililiiineeeea!!!
¬¬

Marifer Pizzani dijo...

jajajajajaja Hay que poner la musiquita de suspenso para que la sugar no se sienta tan fuera de lugar mientras espera en linea! xD

mariiyanitha dijo...

jajajajjaja me gusto mucho este cap y me senti identificada con savy tengo pavor a las arañas :/

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Que desagradecida.

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