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10 de febrero de 2014

La were y el nefi (Kramer)


Las había ayudado a combatir a ese grupo de cazadores, les había hecho ahorrar un dineral en el supermercado, había matado a la estúpida araña microscópica, y aún así solo recibía desprecio y más desprecio de parte de esas dos mujeres. ¿Qué es lo que pretendían? Además de enviarme al patíbulo sin siquiera saberlo, porque ahora los cazadores (al menos un grupo de ellos) ya estaban al tanto de mi presencia aquí y de la existencia de ellas. Tenía que encontrar a alguno y leerlo para descubrir qué tanto sabían ellos, cuánto habían informado a los demás y qué planes futuros tramaban. Si los Vidal se enteraban de que yo estaba aquí, mis días estaban contados.
Problema tras problema, eso era lo que me topaba desde mi llegada a esta maldita ciudad.
—Bien, manos a la obra —me dije después de tomar mi anhelada ducha (interrumpida por mi cordial vecina), y me vestí rápidamente para salir a por cigarrillos y algo de comer, y con eso último me refiero a algún cazador a quién sacarle información antes de cenarlo.
Sin embargo, mis planes se vieron truncados cuando al salir del edificio vi en la otra calle a Bell ,caminando sola a pasos apresurados. ¿Adónde se dirigiría mi simpática were-vecina a estas horas de la noche? ¿Y por qué no estaba con Savannah? Hasta donde sabía, no dejaba sola a su querida hermanita mucho tiempo.
La calle estaba desierta, así que aceleré como guepardo para aparecerme a su lado y decirle con una de mis sonrisas idiotas:
Hallo, Schöne.
Ella dio un respingo veloz, casi como un relámpago, y sujetó mi cuello con fuerza por puro acto reflejo.
     —¡Tú! —exclamó al reconocerme.
—También me alegro de verte. —Le guiñé un ojo y me soltó.
Sus ojos se entornaron y me examinaron con detalle mientras yo me acomodaba la chaqueta.
—¿Qué quieres?
—Saludarte. Es lo que hacen los amigos, ¿no? Se saludan cuando se ven.
—Yo no soy tu amiga —aseguró con tono intimidante.
—¡Ouch! ¿De verdad? Caramba, Bell. Me rompes el corazón. —Bajé la cabeza con falsa tristeza y toqué mi pecho, pero ella ignoró por completo mi sarcasmo y pésima actuación, hizo un mohín y siguió su camino—. Me salvaste la vida el otro día —añadí y la seguí—, así que te considero mucho más que una amiga.
—¡Bien! –Giró sobre sus pies, me miró con una irónica sonrisa dibujada y me dijo—: Hola y adiós. —Retomó su marcha. Y yo no pude evitar reír y continuar tras sus pasos.
—¿Y qué pasó con eso de ser tu “invitado permanente”? ¿La oferta sigue vigente?
—Luego de lo que vi al llegar al piso, cambié de opinión.
—Me lo temía… Y dime, ¿vas a algún sitio en especial?
—No es asunto tuyo.
—Sí lo es, porque, verás… Están buscándonos. Y si vas a pasearte por Londres, te recuerdo que hay más cazadores que ratas.
—Ya déjame en paz, Kramer; no estoy de humor y puedo cuidarme sola —resopló. Era claro que mi compañía no le agradaba.
—Lo sé, pero a veces no viene mal un poco de ayuda, ¿no?
—¿Como la última vez? No, gracias. No quiero tenerte otro día entero agonizando en mi sofá.
—¡Huh! Sí, claro… —murmuré por lo bajo.
—¿Qué dijiste? —Se paró en seco, se cruzó de brazos y su mirada me atravesó.
—¿Vas a decirme qué no disfrutaste rasgándome la camiseta? —Mi ceja se alzó, ¡estoy seguro de que se alzó! En cambio las de ella se contrajeron en un entrecejo muy pero muy arrugado.
—Disfrutaría más arrancándote la cabeza —declaró.
—¡Ja! Vaya que eres difícil… Y eso me agrada.
—Vete al diablo —me lanzó y siguió caminando, y yo fui tras ella, por supuesto.
—No entiendo por qué eres así conmigo. Se supone que somos aliados, no enemigos.
—No confío en ti.
—Creí haberles demostrado que estoy de su lado. ¿Por qué no podemos llevarnos bien? Hacemos un gran equipo y nos vemos muy bien juntos, ¿no crees? —Pasé mi brazo por sus hombros para pegarla a mí y la giré frente a la vitrina de una tienda para ver nuestro reflejo en el vidrio.
—Quítalo o te lo rompo —murmuró sin mover un músculo.
Yo obedecí, riendo. Su actitud era claramente ofensiva y me encantaba.
—De acuerdo, escucha, Bell, lo que sucedió la otra noche no fue un juego y me preocupo por ustedes, créeme —continué, tratando de sonar lo más serio posible. No es que no lo fuera, sólo que me resultaba difícil comportarme ante ella—. Eres una buena persona, lo percibo, y a las buenas personas suelen sucederles las peores cosas.
—¿Cómo ser acosada por un demonio come-humanos?
—Semidemonio, ya te lo dije. Y si te estuviera acosando de verdad, ya estarías desnuda.
Ese comentario me hizo ganarme un puñetazo en el estómago que me obligó a doblarme como un papel.
—A ver si con eso te callas de una maldita vez —me gruñó y caminó unos metros hasta la puerta de un bar.
—Espera… Bell —siseé, abrazándome a mí mismo y tratando de recuperar el aire, pero ella me ignoró—. No entres allí… Scheisse…
Tarde. Ya estaba adentro, y yo respirando profundo para recuperarme. Sin duda las weres tienen una fuerza increíble.
Entré al bar y la energía dentro me sacudió de pies a cabeza; no sólo era potente, también corrosiva. Había mucha gente y toda clase de emociones mezcladas, y se me erizó la carne al sentir un tipo de energía particular.
Eso no era bueno.
Rápidamente busqué a Bell y la vi tomar asiento en la barra, entre una pareja bastante caliente y un tipo sumergido en su vaso de whisky barato. Ordenó un trago que el barman le sirvió enseguida, baboseándose como un imbécil ante su prominente escote. Bell no tenía una buena noche, eso era evidente, y de alguna manera eso la hacía lucir más candente.
Me acerqué a ella y le hablé al oído para que me escucha por sobre la música que sonaba tan fuerte.
—Sal de aquí.
Ella giró hacia mí y entrecerró los ojos con esa ira felina suya.
—Lárgate y déjame en paz —masculló.
—Tienes que salir de aquí, Bell. Este lugar apesta a cazadores.
—¿Qué parte de “lárgate y déjame en paz” no entendiste? —me dijo con una sonrisa irónica.
—Nos vas a meter en problemas a ambos, créeme.
—No te creo nada. Eres un mentiroso manipulador.
—Ya vámonos, Bell.
Sujeté su brazo para sacarla de allí a rastras si era necesario, pero de pronto una voz me interrumpió:
—¡Oye, tú! La dama dijo que te largaras.
Genial, lo que me faltaba: un idiota queriendo jugar al héroe.
Me giré y el tipo que estaba sentado a un lado me miraba con lo que intentaba ser una mirada amenazante. Era grande, sí, lo suficiente como para sacarme una cabeza de altura o más; muy fornido, con cara de imbécil y para colmo ebrio. Y lo peor de todo era que llevaba puesta una camiseta del Chelsea.
Corrijo: un estúpido hooligan queriendo jugar al héroe y para colmo fanático del puto Chelsea.
Todavía conservaba mi bronca por habernos robado la Champion League, pero no iba a escupir en su camiseta y gritarle que el Bayern era mejor, no. Simplemente lo ignoré y me volví hacia Bell.
—Confía en mí esta vez, Bell. Vámonos —le insistí lo más amablemente posible.
—Tú vete. Yo estoy bien —murmuró ella, empecinada en contradecirme.
—¿Qué no oyes, idiota? Lárgate y déjala sola —agregó el tipo y me jaló el brazo para ostentar su fuerza, pero no logró moverme ni un centímetro.
Sujeté su muñeca para apartar su brazo de encima de mí y en ese segundo casi imperceptible de contacto, busqué en él su más reciente y doloroso recuerdo.
1… 2… 3… ¡Bingo!
—Mejor lárgate tú —le dije—. Mientras estás aquí haciéndote el héroe, tu hermano se debe estar tirando a tu esposa otra vez.
El tipo se quedó pasmado sin comprender por qué yo sabía eso. Gruñó como perro con rabia y me tiró un puñetazo directo al mentón que detuve con mi otra mano antes de que me alcanzara. Clásico.
—Mala idea —mascullé y estuve a punto de arrancarle el brazo entero, pero tenía que actuar de modo rápido y civilizado para no llamar la atención.
Simplemente le calvé la mirada, aún sosteniendo su puño en alto, e interferí su voluntad a mi antojo. 
—Creo que ya bebiste demasiado —le dije—. ¿Por qué mejor no pagas tu cuenta y te vas de aquí sin decir una puta palabra? —El tipo cabeceó de modo afirmativo, con la mirada vacía y la boca abierta—. O mejor aún, deja todo tu dinero sobre la barra y ve a decirle a tus amigotes que el Chelsea es un club de mierda manejado por la mafia rusa y que el Bayern... ¡No! Que el Lokomotive Leipzig es tu nueva pasión —añadí y él volvió a cabecear.
Solté su puño despacio y él pestañó un par de veces antes de tomar su billetera para dejar frente a mí todo el dinero que llevaba. Dio media vuelta y salió del bar sin chistar. Rápidamente, tomé el dinero, dejé un par de billetes sobre la barra y me guardé el resto. Cuando alcé la vista, Bell me miraba extrañada y a la vez enfadada. No comprendía muy bien lo que yo acababa de hacer, y al parecer tampoco le gustaba.
—¿Estás… robando? —murmuró.
—Que se joda por ser del Chelsea —respondí indiferente mientras contaba los billetes, pero no pude terminar de hacerlo porque en un parpadeo ella me los arrebató de las manos.
—Eres una rata de alcantarilla —me gruñó y saltó de su silla para ir tras el tipo.
—¡Oye, espera!
¡¿Estaba loca?! ¿Qué pensaba hacer, devolvérselo? Carajo… Y yo que planeaba invitarle algo, en otro bar, por supuesto.
Salí disparado tras ella y la vi en la esquina hablando con el imbécil. ¡La muy tonta le estaba regresando el dinero! Luego el tipo se subió a un coche y desapareció calle abajo.
Bell volteó y me vio encaminándome hacia ella con pasos firmes y cara de perro.
—¡Me debes ciento treinta libras, mujer! ¿Por qué demonios hiciste eso? —Era la primera vez que me veía enojado.
—¡Porque eres un maldito estafador! —respondió, más enojada aún.
—Pues tu sentido de ira moral no se despertó el otro día en el supermercado. —Fue inevitable decírselo con una clara sonrisa sarcástica.
—No comprendía lo que habías hecho, pero ahora acabo de verlo y ya sé que eres un jodido manipulador, ¡literalmente!
—¡Ese no es tu problema! Y de todas formas, a ti no te afecta, así que...
—¿Cómo lo sabes? ¡¿Acaso ya intentaste hechizarme, maldito idiota?! —interrumpió, elevando más la voz.
—¡Claro que no!
—¡Idiota y mentiroso!
—¡Moralista desagradecida!
—¡Cerdo arrogante!
—¡Terca intransigente!
Nuestra discusión estaba subiendo de tono, igual que nuestra tensión, y estábamos tan entretenidos soltándonos insultos a diestra y siniestra que no advertimos que un grupo de personas habían salido del bar y caminaba hacia nosotros.
Scheisse… —siseé al verlos—. Justo hoy tenía que estrenar estos jeans. —Bufé y miré a Bell, cuyos ojos entrecerrados y concentrados en mí migraron hacia el amenazante grupo—. Te dije que nos ibas a meter en problemas.
—Maldita sea…
—Dime que tienes esa filosa katana tuya escondida en tu bonito escote.
—Y tú dime que esta vez no acabarás agujereado por otra bala.
Mi humor (y el de Bell) no podía salir en peor momento, lo que no impidió que mi cuerpo se tensara, igual que el de ella cuando los tipos nos rodearon. Eran seis hombres y cuatro mujeres de edades relativamente jóvenes, y a juzgar por lo que notaba bajo sus prendas, estaban bien entrenados. Sus chaquetas y abrigos se veían demasiado abultados, lo que me decía que escondía un arsenal debajo de éstos.
—Amigos tuyos, supongo —me murmuró Bell con ironía, dando un paso hacia mí para adoptar una pose defensiva, sin quitarles la vista de encima.
—No tienen el gusto —respondí—, pero es muy probable que sus antepasados sí.
Me pregunté cuánto familiares de estos tipos habré asesinado hace cien años.
A diferencia de los cazadores de la noche anterior, estos no parecían principiantes ni tontos, excepto por el que osó dar un paso hacia mí. Parecía ser el más joven de todos, delgado, con un piercing en su ceja y otros tantos en sus orejas; un peinado realmente ridículo y un rostro desagradablemente irregular, típicamente británico.
—¿Vas algún lado, nefi? —Me dijo, y su inútil intento por sonar ¿intimidante, quizás? resultó una canción de cuna viniendo de semejante niñato. No pude evitar reírme.
—¿Nunca te enseñaron que no debes usar esas cosas? —respondí, señalando su ceja, a lo que él rió y miró a sus compañeros que imitaron su risa—. Lo digo en serio, muchacho. Ese arete es una pésima idea, además de hacerte ver muy homosexual.
—Y así que tú, además de ser un nefi de mierda, eres un jodido nazi vejete.
—Oye, oye… nazi quizás, pero vejete no, mocoso insolente. —Sujeté su arete y se lo arranqué de un fuerte tirón, llevándome media ceja, con carne incluida.
Por supuesto que mi fugaz agresión hizo que sus amigotes desenfundaran sus armas y se desatara la bataola, pero Bell fue más rápida de lo que esperaba, me sujetó del brazo y de repente una luz me encandiló. Todo sucedió en un segundo, y cuando recuperé la vista, estábamos dentro del bar otra vez, junto a la barra.
—¿Qué carajo…? —balbuceé confundido.
—Luego te explico.
—¿Teletransportación?
—Algo así.
—Genial, pero no podías habernos llevado a un sitio mejor, ¿cierto?
—Es lo más rápido que se me ocurrió. Tengo que ver primero los sitios en mi mente para poder destellar en ellos —me aclaró, ceñuda.
—Interesante… —le sonreí. Después miré a mi alrededor y me percaté de que las pocas personas presentes que allí quedaban, nos miraban boquiabiertas, algunas incluso derramando sus bebidas—. Humm… —Estaba buscando alguna excusa, como declararnos ilusionistas o algo así, pero súbitamente algo me golpeó en la cabeza.
El sonido de los cristales rompiéndose retumbó en mis oídos, pues todos mis sentidos estaban en su máxima potencia, y eso provocó mi manifestación automática. ¡El estúpido barman me había partido una botella en la cabeza!
Du archloch! —Me lancé sobre él, traspasando la barra, y lo retuve en el suelo para arremeterle un mordisco directo a su expuesto cuello.
Vale, eso había sido totalmente innecesario y completamente instintivo. A pesar de ser un tipo estúpidamente impulsivo, siempre intento controlarme en momentos como esos, pero rara vez lo consigo.
—¡Kramer, no es momento de cenar! —me gritó Bell, asomándose por encima de la barra.
Cuando alcé la cabeza para verla, su cara de asco me lo dijo todo. No la culpo, mis ojos estaban negros y mi boca chorreaba sangre que se deslizaba por mi cuello.
—Lo siento, llevo más de un día sin comer. —Contraje mi manifestación y me limpié con la manga de mi chaqueta.
Ella volvió a lanzarme una expresión de repulsión y dijo:
—Savy tenía razón: eres una especie de hiena.
—Sí, suelo reírme demasiado, lo sé. —En ese preciso momento, tres de los cazadores volvieron a entrar en el bar. Se habían dividido para buscarnos—. ¡Hora de irnos! —Sujeté a Bell de los hombros y la jalé conmigo al otro lado de la barra, justo para evadir el balazo que iba directo a ella.
 Destellamos otra vez y aparecimos en un callejón que, si mal no recordaba, no esta muy lejos del bar, y eso lo comprobé cuando vi a cuatro cazadores a escasos metros.
—Bell, preciosa… —le dije—. Recuérdame que la próxima vez simplemente corramos.
—Mierda, están en todos lados.
—¿Qué parte de “En Londres hay más cazadores que ratas” no entendiste?
Eran tres hombres y una mujer que desenfundaron sus armas y avanzaron hacia nosotros, apuntándonos. Tres se posicionaron junto a Bell: dos hombres a cada lado y una mujer a sus espaldas; mientras que el cuarto se quedó frente a mí.
—¿Cuál es tu nombre? —me dijo.
—No creo que quieras saberlo.
—O hablas o te lo arranco.
—Inténtalo.
Pegó el cañón de su glock en mi frente y le hizo una seña a sus compañeros para que sujetaran a Bell.
—Dejen en paz a la pelirroja. Ella no es una nefi —le dije.
—Pero es una criatura inhumana, como tú.
—Te mostraré qué hay de inhumando en mí —declaró Bell y en unos segundos le arremetió un codazo en la garganta al de su derecha, un rodillazo en la entrepierna al de su izquierda y estiró sus brazos hacia atrás para sujetar la cabeza de la chica que estaba a sus espaldas y hacerla volar por encima de sus hombros hasta estamparla contra el suelo.
¡Joder que era ágil y veloz! Y yo aproveché para desarmar el imbécil que me apuntaba y atravesarle el pecho con mi mano, arrancándole el corazón.
Rugí ante el placer que eso me provocó, pero los ruidos llamaron la atención de los demás cazadores que no estaban lejos y de pronto nos vimos rodeados por más.
¿Acaso no podía pasar una jodida noche en paz sin tener que ensuciarme? Mis vecinas eran un imán de problemas y algo me decía que esto era solo el comienzo.


5 personas no pudieron evitar espiarnos y decir::

Lyd Macan dijo...

Genial, ya habéis vuelto a publicar, ya tenia ganas de volver a leer esta historia :D
Un capitulo muy interesante e intenso, que pasara ahora u.u
Buen capitulo!
Un abrazo

Leny S. dijo...

espero se mantenga la continuidad de publicaciooon!!!!!!!!!!
Beeeellll! enséñales quien manda!!!!
Kramer... evita las balas... ajjajajaja
Savy donde se metió con el desconocidooooooooo

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

"Kramer, no es momento para cenar"
Que buena frase.

Que desafío son esas vecinas. Las ayudas y no lo agradecen.
Pero parece que vas en buen camino. Así que nada de desistir.

Keiling dijo...

Acabe. Que pasa con el camarero? Deseando leer más.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Continúen la historia o les mando una maldición demiurguica, de la que por ahora excluyo a Marifer, porque me agrada. Y la maldición es que tu grupo o solista preferido sea versionado por Agapornis.

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